Levantarte por el horrible ruido que hace la alarma del teléfono. Poner los pies sobre la alfombrilla y repetirte continuamente que no debes comer hasta que sonríes y dices: hoy lo lograré. Beberte el café y saber que esto es lo primero y lo último que vas a beber hasta la noche. Caminar hacia el colegio con la cabeza llena de canciones que lo único que hacen es recordarte a la misma persona. Disfrutar de las primeras tres horas en las que podrás estar normal en clase y trabajar rápidamente. Salir a la hora del descanso y ver como tus amigos pueden disfrutar de la comida mientras tú comes un chicle sin azúcar detrás de otro y sonríes. Sonríes porque todo está bien y porque todo irá bien. Vuelves a clase después del timbre. Sabes que en cualquier momento vas a tener que luchar contra tu cabeza para que no te repita una y otra vez que necesitas desplomarte en el suelo. A veces ganas, a veces no. El profesor habla, pero eres incapaz de escuchar. Porque no entiendes nada. Miras por la ventana y respiras, respiras libertad. La cabeza te da vueltas. El boli se cae sobre la libreta porque eres incapaz de aguantarlo. Tiemblas. Temes. Y caes.

Levantarte por el horrible ruido que hace la alarma del teléfono. Poner los pies sobre la alfombrilla y repetirte continuamente que no debes comer hasta que sonríes y dices: hoy lo lograré. Beberte el café y saber que esto es lo primero y lo último que vas a beber hasta la noche. Caminar hacia el colegio con la cabeza llena de canciones que lo único que hacen es recordarte a la misma persona. Disfrutar de las primeras tres horas en las que podrás estar normal en clase y trabajar rápidamente. Salir a la hora del descanso y ver como tus amigos pueden disfrutar de la comida mientras tú comes un chicle sin azúcar detrás de otro y sonríes. Sonríes porque todo está bien y porque todo irá bien. Vuelves a clase después del timbre. Sabes que en cualquier momento vas a tener que luchar contra tu cabeza para que no te repita una y otra vez que necesitas desplomarte en el suelo. A veces ganas, a veces no. El profesor habla, pero eres incapaz de escuchar. Porque no entiendes nada. Miras por la ventana y respiras, respiras libertad. La cabeza te da vueltas. El boli se cae sobre la libreta porque eres incapaz de aguantarlo. Tiemblas. Temes. Y caes.

Me encanta imprimir fotografías en las que salimos sonriendo y pegarlas en las páginas izquierdas de mi cuaderno, pintar con colores brillantes nuestros nombres cerca, o lo que quedan de ellos tras esa noche salvaje. Cerrar los ojos y escucharnos aún sintiéndonos respirar en medio de esa marea de gente, con el ritmo frenético de la música siguiendo a esa bomba de relojería que suponen nuestros corazones, capaces de estallar en cualquier momento, capaces de hacernos saltar por los aires y destrozar todo a nuestro alrededor. Y así eramos, capaces de todo si perdíamos solo un poco el control. Sabíamos robárnoslo entre nosotros, provocarnos con solo un roce intencionado, una mirada mal disimulada, una palabra dirigida a retarnos y no querer perder el juego.
Pero lo nuestro era más que un juego, lo nuestro era nadar en el cosmos que suponía la vida. Tirábamos soles a nuestros tejados, y si nos sentíamos mal nos dejábamos flotar en el polvo de la nebulosa D-19 para perdernos y reencontrarnos tiempo después, manchados por completo y borrachos de ginebra. Pero aún había hueco para un trago más cuando estabamos al borde de morir, ¿verdad? Aún uno más, ése que aún en el final, nos mantendría juntos y vivos, salvándonos de la autodestrucción y del final de nuestro tiempo.
Nos daría diez meses más para vivir, para encontrarnos y de pronto, volver a beber ese vaso que tiene nombre de final, y correr para esquivarlo una vez más mientras nuestras voces se funden en el aire, rizándose como el humo de nuestros cigarros y el calor de nuestros cuerpos.
Porque siempre estábamos ahí, lo quisieramos o no. Quisieramos huir o quedarnos, y eso era lo precioso de nosotros, que no podíamos irnos porque en el fondo no queríamos. Sentíamos morir si pensabamos en ello. Y aún y con todo, te llamaba en las noches de Diciembre preguntándote que tal en Suecia, y me decías que criabas a mi oso polar (se llamaba Ritchie, siempre lo supe) y tomabas un café mirando por la ventana. Pese a que escuchaba voces detrás de tí, sonreía y me quedaba un minuto en silencio. Nunca decíamos que nos echábamos de menos, pero ambos lo hacíamos. Muchísimo. Aunque quisieramos alejarnos algo nos ataba, y era la adrenalina que sentíamos correr entre, y dentro de nosotros cada vez que nos tocábamos, o nos mirábamos si quiera. Era la inmensidad que nos rompía al estar juntos, incluso cuando estabamos cansados de vernos.
Esa sensación que te dice “el mundo es mío y te lo voy a regalar a cambio de cien vidas más”.

Me encanta imprimir fotografías en las que salimos sonriendo y pegarlas en las páginas izquierdas de mi cuaderno, pintar con colores brillantes nuestros nombres cerca, o lo que quedan de ellos tras esa noche salvaje. Cerrar los ojos y escucharnos aún sintiéndonos respirar en medio de esa marea de gente, con el ritmo frenético de la música siguiendo a esa bomba de relojería que suponen nuestros corazones, capaces de estallar en cualquier momento, capaces de hacernos saltar por los aires y destrozar todo a nuestro alrededor. Y así eramos, capaces de todo si perdíamos solo un poco el control. Sabíamos robárnoslo entre nosotros, provocarnos con solo un roce intencionado, una mirada mal disimulada, una palabra dirigida a retarnos y no querer perder el juego.

Pero lo nuestro era más que un juego, lo nuestro era nadar en el cosmos que suponía la vida. Tirábamos soles a nuestros tejados, y si nos sentíamos mal nos dejábamos flotar en el polvo de la nebulosa D-19 para perdernos y reencontrarnos tiempo después, manchados por completo y borrachos de ginebra. Pero aún había hueco para un trago más cuando estabamos al borde de morir, ¿verdad? Aún uno más, ése que aún en el final, nos mantendría juntos y vivos, salvándonos de la autodestrucción y del final de nuestro tiempo.

Nos daría diez meses más para vivir, para encontrarnos y de pronto, volver a beber ese vaso que tiene nombre de final, y correr para esquivarlo una vez más mientras nuestras voces se funden en el aire, rizándose como el humo de nuestros cigarros y el calor de nuestros cuerpos.

Porque siempre estábamos ahí, lo quisieramos o no. Quisieramos huir o quedarnos, y eso era lo precioso de nosotros, que no podíamos irnos porque en el fondo no queríamos. Sentíamos morir si pensabamos en ello. Y aún y con todo, te llamaba en las noches de Diciembre preguntándote que tal en Suecia, y me decías que criabas a mi oso polar (se llamaba Ritchie, siempre lo supe) y tomabas un café mirando por la ventana. Pese a que escuchaba voces detrás de tí, sonreía y me quedaba un minuto en silencio. Nunca decíamos que nos echábamos de menos, pero ambos lo hacíamos. Muchísimo. Aunque quisieramos alejarnos algo nos ataba, y era la adrenalina que sentíamos correr entre, y dentro de nosotros cada vez que nos tocábamos, o nos mirábamos si quiera. Era la inmensidad que nos rompía al estar juntos, incluso cuando estabamos cansados de vernos.

Esa sensación que te dice “el mundo es mío y te lo voy a regalar a cambio de cien vidas más”.

-Me levanté para ir al colegio, fui al baño, me pesé, me arreglé y me vestí. Tomé una taza de café y miré lo que había anotado para comer hoy.

-Mi papá me llevo al colegio.

-Sufrí por seis horas. Me di cuenta que no soporto estar ni un día más en el colegio, me siento incomoda, y mis sentidos se me sensibilizan y me empieza a doler la cabeza, la panza, la espalda, me siento mareada, me retumban los oídos y más.

-Odio el colegio. Odio cada persona de ahí. Odio a todos.

-Vinieron dos amigas a hacer un trabajo práctico.

-Comieron empanadas. Una le contó a mi mamá que yo no comía, y tuve que inventar una tonta escusa (voy a tener que pensar que voy hacer con la comida de esta noche, porque me van a querer hacer comer).

-Después de hacer cualquier otra cosa menos el trabajo. Lo terminamos.

-Fuimos a una plaza cerca de mi casa. Fumamos porros.

-Las acompañe a una heladería, cada una se compró un cuarto de helado. Me dijeron que coma, no comí.

-Estuvimos muy locas por media hora. Charlamos un rato más y volvimos a mi casa.

-Se fueron.

-Comí media taza de gelatina de frutilla light (20).  Me duele la panza (es el cuarto día de ayuno).

-Siento que estoy muy alterada. Estoy acumulando el cansancio de todos estos días en mi interior. Quiero llorar, gritar, golpearme, reírme, correr (sigo loca).

-Mis papás están discutiendo. Problemas familiares. Creo que se van a divorciar.

-Hablando así me siento un robot.

-Tengo hambre.

-Me harté.

-Son las 6:37pm a las 9:00pm empieza Dr. House.

-No tengo que comer. Puedo no comer.

-Me tengo que bañar y dormirme temprano. (Tengo sueño).

-Siento que no conté casi nada de mi día.

-Mañana tengo que hacer muchas cosas.

En este preciso instante me quiero pegar un tiro.

“Lo que tienes entre las manos no es sino toda una declaración de intenciones. Una decidida apuesta por una vida mejor. Una vida en la que no haremos nada que no sea Fácil. Todos sabemos que si es así es mucho más sencillo, pero nos cuesta demasiado actuar. Lo olvidamos. Nosotros ya nos hemos cansado de decirlo y no hacerlo. Por eso vamos a por ello. Nos lo merecemos. Te lo mereces. Ven”

Maldita Nerea. Animándonos a seguir desde ese Octubre de 2003.

“Lo que tienes entre las manos no es sino toda una declaración de intenciones. Una decidida apuesta por una vida mejor. Una vida en la que no haremos nada que no sea Fácil. Todos sabemos que si es así es mucho más sencillo, pero nos cuesta demasiado actuar. Lo olvidamos. Nosotros ya nos hemos cansado de decirlo y no hacerlo. Por eso vamos a por ello. Nos lo merecemos. Te lo mereces. Ven”

Maldita Nerea. Animándonos a seguir desde ese Octubre de 2003.

Recuerdo como si fuera ayer cuando él me dijo: “¿No deseas poder ser feliz en todos los aspectos de tu vida…? ¿No tener que aceptar nada que no te guste? ¿Sentir que controlas tu vida?

No contesté… Sólo resoplé, un montón de aire resonó en salir de mi nariz y mi diente roto apareció tras una sonrisa de esperanza.

Y no dije nada más porque cuando llevas años aceptando que tu vida es lo que te pasa y no lo que generas… Pues, lamentablemente, acabas acostumbrándote.

Seguidamente él añadió: “Conoces una vieja canción que dice: Si tú me dices ven lo dejo todo?”

Yo afirmé en silencio. No me salían las palabras.

Él continuó: “Pues siempre he pensado que en esa canción falta alguna cosa… Tendría que decir: Si tú me dices ven lo dejo todo… Pero dime ven.”

Aprendí que los peces nadan y las aves vuelan. Que los políticos mienten, que la Tierra es redonda. Que la gente es falsa, que todo el mundo tiene dos caras. Aprendí que la suma de dos y dos son cuatro, que hay que dar más de lo que se recibe. Que no hay que ilusionarse demasiado, que la vida es un regalo. Me enseñaron que el futuro està escrito, que el universo es infinito y que nosotros somos personitas diminutas, insignificantes. Aprendí que el tiempo pasa, que las arrugas salen y que la belleza no es lo más importante. Aprendí a no creer en las promesas, a no confiar en nadie y a contar con los dedos de una mano.

Aprendí que los peces nadan y las aves vuelan. Que los políticos mienten, que la Tierra es redonda. Que la gente es falsa, que todo el mundo tiene dos caras. Aprendí que la suma de dos y dos son cuatro, que hay que dar más de lo que se recibe. Que no hay que ilusionarse demasiado, que la vida es un regalo. Me enseñaron que el futuro està escrito, que el universo es infinito y que nosotros somos personitas diminutas, insignificantes. Aprendí que el tiempo pasa, que las arrugas salen y que la belleza no es lo más importante. Aprendí a no creer en las promesas, a no confiar en nadie y a contar con los dedos de una mano.

(via tresmetros)

Quiero gritarle al mundo que ya no tengo dudas, que los miedos se quedaron debajo de la cama, que hoy te quiero más que nunca. Que no voy a mirar atrás ni a pensar en todo lo que vendrá, que voy a limitarme a vivir el presente, a disfrutar de los momentos a tu lado, a echarte de menos cuando estemos separados. Que aún puedo sentir tu respiración en mi nuca y tus manos en las mías. Eres lo más grande, lo más bonito, lo mejor que me ha pasado.

Quiero gritarle al mundo que ya no tengo dudas, que los miedos se quedaron debajo de la cama, que hoy te quiero más que nunca. Que no voy a mirar atrás ni a pensar en todo lo que vendrá, que voy a limitarme a vivir el presente, a disfrutar de los momentos a tu lado, a echarte de menos cuando estemos separados. Que aún puedo sentir tu respiración en mi nuca y tus manos en las mías. Eres lo más grande, lo más bonito, lo mejor que me ha pasado.

- “¿Cómo estás?” 
+ “Derrotada. Cansada. A punto de explotar. Al borde de las lágrimas. Sola. Inútil. Despistada. Confundida. Deprimida. Ansiosa. Frágil. Colapsada. Vacía. Afligida. Aplastada. Fatigada. Agotada. Destrozada. Rota. Exhausta. Harta. Abandonada. Decaída. Desanimada. Humillada. Débil. Distante. Al borde del colapso… Digo, muy bien.”

- “¿Cómo estás?”

+ “Derrotada. Cansada. A punto de explotar. Al borde de las lágrimas. Sola. Inútil. Despistada. Confundida. Deprimida. Ansiosa. Frágil. Colapsada. Vacía. Afligida. Aplastada. Fatigada. Agotada. Destrozada. Rota. Exhausta. Harta. Abandonada. Decaída. Desanimada. Humillada. Débil. Distante. Al borde del colapso… Digo, muy bien.”

No quiero otros besos, ni otros abrazos, ni otro número de teléfono que me llame por las noches. Porque me encanta tu sonrisa, la adoro. Adoro tus abrazos y tus locuras. Me encanta que me hagas reír. Me gusta cuando me miras y cuando sonríes sin ninguna razón. Adoro que me hagas tus típicas bromas, aunque me enoje y creas que las odio. Adoro tu forma de hablar, tus gestos y tua roma. me encanta estar contigo porque se me olvida todo, todo. Supongo que en realidad, no adoro todo eso. Me gusta solamente porque lo haces tú.

No quiero otros besos, ni otros abrazos, ni otro número de teléfono que me llame por las noches. Porque me encanta tu sonrisa, la adoro. Adoro tus abrazos y tus locuras. Me encanta que me hagas reír. Me gusta cuando me miras y cuando sonríes sin ninguna razón. Adoro que me hagas tus típicas bromas, aunque me enoje y creas que las odio. Adoro tu forma de hablar, tus gestos y tua roma. me encanta estar contigo porque se me olvida todo, todo. Supongo que en realidad, no adoro todo eso. Me gusta solamente porque lo haces tú.