Levantarte por el horrible ruido que hace la alarma del teléfono. Poner los pies sobre la alfombrilla y repetirte continuamente que no debes comer hasta que sonríes y dices: hoy lo lograré. Beberte el café y saber que esto es lo primero y lo último que vas a beber hasta la noche. Caminar hacia el colegio con la cabeza llena de canciones que lo único que hacen es recordarte a la misma persona. Disfrutar de las primeras tres horas en las que podrás estar normal en clase y trabajar rápidamente. Salir a la hora del descanso y ver como tus amigos pueden disfrutar de la comida mientras tú comes un chicle sin azúcar detrás de otro y sonríes. Sonríes porque todo está bien y porque todo irá bien. Vuelves a clase después del timbre. Sabes que en cualquier momento vas a tener que luchar contra tu cabeza para que no te repita una y otra vez que necesitas desplomarte en el suelo. A veces ganas, a veces no. El profesor habla, pero eres incapaz de escuchar. Porque no entiendes nada. Miras por la ventana y respiras, respiras libertad. La cabeza te da vueltas. El boli se cae sobre la libreta porque eres incapaz de aguantarlo. Tiemblas. Temes. Y caes.



